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Crítica: ¿Qué se le pide al artista hoy? ¿Que su obra constituya una experiencia artística o que responda a las necesidades de curadores, galerías, ferias, bienales? ¿Que su arte siga los criterios de virtuosismo estético “de siempre” o que su obra tenga contenido, sea creíble? ¿Que su lenguaje esté actualizado a los requerimientos de los nuevos tiempos globales? Pero que la celeridad de producción que trae aparejada la multiplicación de medios, materiales y tecnología no repercuta en una falta de compromiso que de cuenta de las problemáticas sociales y locales ¿Que el artista trate los grandes temas transnacionales: discriminación, desigualdad, migraciones, homogeneización de las diferencias, violencia, masacres, criminalización de la pobreza, control de la información, absolutismo de mercado, virtualidad, sexualización discursiva de la impotencia, marginación, exclusión, exitismo? ¿O que su obra trate los grandes temas ontológicos: qué somos, de donde venimos, a dónde vamos, el amor, la vida, la muerte, por qué, para qué; lo minúsculo resonando en el macrocosmos, la libertad, la soledad, la ilusión, el deseo, la desolación, la esperanza? ¿Vernos reflejados en la obra, que nos identifiquemos y nos conmueva o que nos despierte el desconcierto y nos invite a reflexionar? ¿Que nos sea fácilmente legible, o deje el espacio necesario a la incertidumbre? ¿Que sea estética o que sea ética?
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La primacía de la lógica financiera prioriza los valores en alza. Mario Gilardoni hace referencia a una enorme cantidad de dinero excedente en el mundo, los portadores de este excedente son los dueños de las grandes obras de arte que no ponen a la venta porque no quieren tener más dinero. Por otro lado hay escasez de obras clásicas del sector tradicional. Es necesario incentivar lo nuevo, lo muy contemporáneo, pero la urgencia por lo nuevo deja afuera una exigencia que pareciera conjunta para la valoración / valuación de la obra: que sea original. ¿Existe realmente un criterio o un conjunto de presupuestos establecidos y aceptados para la noción de originalidad? ¿O lo verdaderamente original está en ese encuentro único entre el espectador y la propuesta del artista? ¿Lo original entonces es una vivencia y no un atributo? ¿Se le pide al arte que sea símbolo, que sugiera siempre nuevas significaciones? ¿O se le pide a la producción artística que sea la desnaturalización de una evidencia cotidiana que nos sacuda del efecto anestésico del mundo globalizado? ¿Qué se le pide a la obra? ¿Que sea moral, es decir, que responda a la interioridad del artista o que sea proyectual, es decir, que responda a la demanda, para estar seguros si es conveniente compararla? ¿Que me emocione o que si la cuelgo en mi casa me afirme en ese lugar de pertenencia que persigo?
Tantas preguntas…
Ni este catálogo, ni miles pueden responder a tantas preguntas. Me limitaré a responder a una sola que el Museo de Arte Moderno de San Francisco detectó (a través de su sistema de encuestas) como una inquietud fundamental por parte de los visitantes. El público quería saber si lo que estaba viendo era relevante para sus vidas.
En este caso la respuesta es sí. Y no voy a utilizar la afamada dialéctica de polaridades utilizada por “el expertizaje autorizado” para justificar la riqueza creativa de un artista. El tedioso comentario tan parecido a otros: “Así la obra del artista está teñida de razón y sentimientos, de figuración y abstracción, de pinceladas sutiles y materialidad abrumadora, de violencia de color y la apacible calma ocres, azules y verdes matizados, de realidad y fantasía, de recuerdos y proyecciones futuras…” Y se podría seguir el recetario de recursos discursivos para saciar la ansiedad del espectador ávido por saber si su percepción es correcta.
Un gran referente del teatro argentino, la señora Alejandra Boero decía: “No se puede andar por ahí en carne viva”. Pero con esta frase explicaba que solamente viendo el personaje en esa condición se podía darle forma: voz, movimiento, ritmo, vestido, gesto.
Desde ese lugar el personaje es creíble, “hay verdad”. Puede disgustarnos, despertarnos un inmenso cariño, admiración, compasión, rechazo o incomprensión. Pero nos produce cierto “goce” porque parte de la vida misma, del deseo de ser, de amar, de ser mirado, de ser música, de ser danza, de ser energía que rebosa y vibra, de ser calma, sosiego, de ser vida que da vida, de ser vida que depende de ser sostenido por otra vida.
De ser miedo: que la “Ciudad” en carne viva sea también, como vida, un réquiem de personajes tan terriblemente indistintos, sea que suenen criminalmente graves o agudamente santos los “personajesnotas” son parte de una melodía bella y trágica que transcurre y fagocita sus difuntos sonoros.
Los personajes de Fabiana son personajes en carne viva: nos atraen y nos asustan. Sus formas son orgánicas, casi genitales, se erigen desnudas, ese desnudo que nos pone al descubierto, en carne viva.
“Las amigas” se buscan con la mirada y se hieren, sus ojos tienen puntas, ángulos rectos, quieren abrazarse pero sus brazos se cierran en sí mismas, circundan vacíos luminosos, bien intencionados, pero no sabemos si las manos que se cruzan como la base que sostiene un cáliz (que debe ser sagrado) están surcadas por las venas sin pellejo o ensangrentadas.
En “Detrás de Apolo” se ven formas vitales, las primeras, embrionarias, como primer velo de Apolo (dios de la forma, de la razón, del principio de individuación). Dentro de estos seres dos vientres como agujeros genésicos dadores de vida, de alimento. Pero esas mismas formas embrionarias no se sabe si están queriendo ser o se han dispuesto a dormir, como un dejarse morir, porque justamente hay confusión al leer dentro de estos vientres-agujeros: vacío o nació.
“El último paso” y una línea divisoria que es clara y que parece ir y volver, que separa y deja pasar: el mundo de lo nombrado (de la cultura), del mundo de la materia (de lo indistinto). Al inicio del camino un ser en carne viva desnuda la actitud de una virgen reclinada y sumisa. Como una “Anunciación” de Fra Angélico recibiendo la encarnación del Verbo, que aparece como una pequeña flecha negra señalándonos el camino de la humanización: la dolorosa incertidumbre de no tener más opción que elegir: esa sensación de libertad de un par de ojotas.
La forma piramidal, el triángulo, reinó durante el Renacimiento como el principio de la buena forma, por ser la forma más estable, más equilibrada debido a que el lado horizontal de mayor superficie sostenía a los otros dos inclinados y de menor superficie de apoyo. En “Equilibrio” el triángulo central se encuentra invertido, es decir, sostenido sobre su punto más inestable ¿Y el equilibrio? En carne viva: la voluntad fina y firme de existir en ese entramado de órdenes posibles.
En “Espiar” no es la curiosidad, la seducción de lo prohibido, el voyeur el que observa sino que son pequeños seres, nuestro niño que mira impávido, azorado, inmóvil el derrumbe de torres, muros, ciudades, como si la tinta inútil de la Galaxia Gutemberg estallara informe sobre un empastado entramado de electricidad y fibra óptica en descomposición. Ni poder, ni dominio, ni virtualidad real, ni agua en Marte: el desconcierto y el arte que nos salva de morir por la verdad.
Altiva, elegante, bella la “Indiferencia” sin vestido es incapaz de ofrecer respuestas creativas, generar cambios, atreverse a la reciprocidad de una mirada, los brazos no se extienden, son pinzas que resguardan para sí lo ya obtenido y aprobado. La mirada se cierne esquiva, chiquitita sobre sí misma. Pero en carne viva, la indiferencia suda el triunfo del miedo y derrite la pintura.
“Besos”: vida-vida, vibra-vibra, mezcla-mezcla, fluye-fluye, va y va, viene y viene. Besos, cuando son: olvido y maravilla. Paul Klee decía “El color me ha poseído para siempre, el color y yo somos uno. Soy Pintor” ¿Podría decir el beso (en carne viva): “El color me a invadido por completo, soy un beso?”
Cordones umbilicales que alimentan el deseo y estrangulan la posibilidad: “¿Querés bailar?” y la frustración en carne viva.
Fabiana utiliza los distintos materiales con la misma naturalidad que una atleta da vueltas en el aire y nos hace pensar que le es tan fácil como caminar. ¿Qué hace con ellos? ¿Neofiguración? ¿Qué importa?
La obra de Fabiana Vaccarezza nos muestra qué se vería “si anduviéramos por ahí en carne viva”.
“Soy incomprensible del lado de acá. Vivo igual de bien entre los muertos que entre los no nacidos, un poco más cerca del corazón de lo real que lo ordinario. Pero no lo suficientemente cerca” (¡Gracias al arte!) Paul Klee
Por Mercedes Nahüel |